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El Morro
Anituy
Rebolledo
Ayerdi
La tormenta Acapulco es azotado por un huracán terrible, destructor. Los acapulqueños viven el mes de mayo de 1633, de ahí la extrañeza por el fenómeno anticipado a la temporada regular de vientos. Hay en la bahía por lo menos dos galeones resguardados en la caleta llamada Santa Lucía (hoy club de Yates), sitio mismo del fondeadero de las enormes embarcaciones de la real flota mercante española. El padre Olaguíbel, cuyo nombre de pila ni él mismo recuerda, es guía espiritual de una guarnición de milicianos negros acantonados en el fuerte de San Diego. Reza con ellos en la parroquia de San José (edificio Manper) cuyas tejas han empezado a volar por la acción incontenible de los vientos. –¡Dios, ampáranos... Dios, protégenos! Suspende de pronto sus plegarias el cura pero no por el efecto de una ráfaga que apaga velas, cirios y veladoras. Lo mueve un impulso interior irrefrenable. Solicita sin más dos voluntarios y ninguno de los presentes se atreve a preguntarle para qué. Simplemente alzan a un tiempo las manos. –¡Tú y tú! –selecciona el sacerdote a los más corpulentos– ¡Síganme! –ordena. Los tres hombres bajan venciendo la ventisca hasta la playa de enfrente para abordar con dificultad una canoa. Una vez que los milicianos se apoderan de los remos, el fraile marca con señas el rumbo. La frágil embarcación navega sobre la cresta de olas tan altas como las torres de la parroquia y sus remeros rajados por momentos recibirán el arrojado impulso del padrecito. Llegan finalmente a El Morro, objetivo secreto del cura. Es este un hombre enjuto de carnes y viste los ropajes de la orden franciscana. Su evidente fragilidad y el peso del vestido empapado le dificultan aún más su ascenso al peñasco. Lo ha emprendido apenas salta de la barca ordenando a sus acompañantes quedarse a cuidarla. La idea de tomarla y abandonar al “pinche cura loco” será procesada por los mecanismos de sobrevivencia de los dos gigantes negros. Se impondrá finalmente la obediencia y la solidaridad. El milagro Una vez en la cima de El Morro, Olaguíbel, abrazado de bruces a un arbusto, implora al cielo poner fin a tan duro castigo para Acapulco y ofrece a cambio devoción y humildad de los acapulqueños. –¡Dios mío, cesa tu santa ira! –clama el prelado–, ¡Dios, perdónanos! Cuenta la leyenda (y el cronista don José Manuel Lopezvictoria) que el viento y la lluvia amainaron como por efecto de un encantamiento. Situación aprovechada por el sacerdote para descender del islote y emprender el retorno con los milicianos. Pero con tan mala suerte que una gigantesca ola remisa envolverá la canoa para llevársela a las profundidades de la bahía. Acapulco entero participará en la búsqueda de los cuerpos pero todo será inútil. De la canoa, ni una astilla. Consternados , los habitantes del puerto no dudarán en calificar la acción del padrecito como un milagro, dedicándole solemnes oficios religiosos y sentidos honores cívicos. El sitio del portento empezará a ser llamado Farallón del Obispo, a sabiendas de que Olaguíbel había sido el más humilde de los hombres al servicio de Dios. La grandeza de su hazaña merecía en opinión de los acapulqueños la dignidad eclesial que jamás habría alcanzado en vida. A los cuantiosos daños provocados por el ciclón en la ciudad –casas destruidas y palmeras caídas–, se sumará el espectacular hundimiento del galeón Nuestra Señora de la Concepción, en pleno centro de la bahía. Su propietario y capitán Jorge Rodrigo de Lisboa, quien había desdeñado la fuerza del meteoro, solicitará ayuda oficial para rescatarla. La Conchita se pondrá a flote a principios de junio del mismo año, luego de que el virrey autorice el auxilio de las embarcaciones ancladas en la rada. La fragata Santa Isabel, del capitán Ignacio de Figueroa, será determinante para el rescate, en tanto que Bartolomé de Gallardo, cabo de los carpinteros de Acapulco, dirigirá las reparaciones. La leyenda continúa Un cuadro fantasmagórico formado por la canoa y sus tres ocupantes, bogando angustiosamente contra el viento, será avistada con gran susto por los pescadores de la bahía. Muy pronto, sin embargo, descubrirán que santiguándose tres veces e invocando a la patrona de La Soledad, los fantasmas huían. El espectáculo etéreo será visible en noches sin luna incluso presagiando tormenta pues la canoa, el padre Olaguíbel y los dos milicianos negros se perfilaban iluminados con fuego de plata. Pez mero Farallón es según el diccionario: “Roca alta que sobresale en el mar”. El del Obispo lo es de 30 metros de altura, localizado en donde todo mundo sabe. Un centinela silencioso de la bahía que ha sobrevivido siglos, quizás milenios, a la acción erosiva del mar y del viento. Un verdadero prodigio de la naturaleza. Otra leyenda en torno al Morro se refiere a la existencia de un pez mero de más de dos metros de longitud y 150 kilogramos de peso, rondándolo como celoso, vigilante de un tesoro. Ni oro ni joyas, simplemente un árbol de coral negro. El mero del Farallón del Obispo no era un mero cualquiera. Según la leyenda sus escamas eran redondas y en cada una de ellas se dibujaba. en color marrón, la imagen de la patrona de los acapulqueños, nuestra Señora de la Soledad. Un mero que, como todos los de su especie, había cambiado de sexo a los 12 años, de hembra a macho. Tendría por aquel entonces casi una centuria. Y no es que el mero gigante se haya tragado con sus fauces irregulares a cuanto pescador se le acercara. El relato tradicional recuerda sólo a una víctima. Un buzo gringo, con equipo profesional y toda la cosa, morirá asfixiado cuando intente arrancar un pedazo de su coralino tesoro. El pez habrá cortado de una dentellada la manguera del oxigeno. Quizás haya muerto de viejo y el que hoy asusta turistas sea su nieto. Doctor Tomás Otero El doctor Tomás Otero fue un personaje célebre en Acapulco por sus variados talentos y ocupaciones. Alternará su profesión de médico militar con la pintura, la farmacopea y la perfumería, estos últimos con logros importantes que ya habrá oportunidad de platicar. En su faceta de pintor, también con triunfos resonantes, don Tomás tuvo El Morro como tema casi obsesivo. Lo pintará de aquí y de allá, de cerca o de lejos, desde esta o aquella perspectiva, de todas pastes. Sus acuarelas del peñasco son verdaderamente notables. Su colega, Ricardo Morlett Sutter, acostumbraba embromarlo sobre esa preferencia pictórica cada vez que lo tenía enfrente: –Si continúas pintando El Morro te lo vas a acabar, Tomás. Ya ni la chingas! Un día don Tomás Otero recibe de la tesorería municipal un requerimiento de pago por una cantidad estratosférica. Como su botica en la calle de La Quebrada estaba al día de sus obligaciones fiscales, Otero se presenta indignado en el Palacio Municipal donde ya había instrucciones de llevarlo directamente con el alcalde. No otro que Ricardo Morlet Sutter. –¡Son chingaderas, Rico, mira lo que me está cobrando tu gente por mi changarro. Verdad buena que esto es un robo en despoblado! –plantea irritado el galeno pintor. –¿Ya te fijaste bien, Tomás, de lo que se trata? No te estamos cobrando por tu farmacia. ¡Te estamos cobrando por los derechos de El Morro, al que ya achiquitaste de tanto pintarlo! Luego de una doble y prolongada carcajada, Morlet le explica a Otero que esa era la única manera de acercarlo a su despecho. Deseaba encargarle dos de sus pinturas para la presidencia: ¡dos acuarelas de El Morro! El chorro No se sabe bien a bien de quien fue la idea, si de Guillermo Carillo Arena, director del Fideicomiso Acapulco o de la secretaria de Turismo, Rosa Luz Alegría, de convertir El Morro en una hermosa fuente luminosa única en el mundo. De quien haya sido, la idea se materializó sin reparar en gasto. Las noches de prueba entusiasman a los acapulqueños y a los visitantes. La columna impresionante de agua impulsada por un potente motor desafía la gravedad para luego caer formando un enorme hongo cristalino bañando el peñasco entero. Los efectos de luces hará del conjunto un espectáculo verdaderamente original y hermoso. Se le bautiza inmediatamente como el chorro del Morro y lo pondrá en operación el presidente de la República, aprovechando la inauguración del hermoseamiento de la Costera. La fecha llega, finalmente. El presidente José López Portillo es invitado a encender la iluminación del Farallón. Lo acompaña Rosa Luz Alegría. Juntitos se toman de la mano discretamente. Escuchan una melodía que sale por los altavoces colocados a propósito. Se trataba de una canción compuesta especialmente para la ocasión por Armando Manzanero (¿o era exclusivamente para los tórtolos?), obra que después ningún mortal volverá a escuchar. Don José viste un camisola blanca de manga larga con dos alforzas, creación del señor Gamez de la sastrería México y bautizada como guayabana (JLP le había elogiado la suya al alcalde Israel Hernández Ramos y éste le enviará una docena). Rosa Luz viste con gran sencillez un camisero crudo con un collar de perlas y zapatos bajos. Cuando se acercan al switch del encendido de la fuente, ella se niega ostensiblemente a soltarle la mano |