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El Escuadrón 201 Tercera y última parte
Anituy Rebolledo Ayerdi
La espera La espera resulta angustiosa aquella tarde del 9 de agosto de 1945 en la base Clark Field del Escuadrón 201, en la isla de Luzón. Los muchachos mexicanos otean el horizonte con la esperanza de avistar un punto lejano que al acercarse tome la forma del un C-47. El tripulado por el capitán Pablo Rivas Martínez y el subteniente Guillermo García Ramos, único que no había llegado con el resto de la escuadrilla. No regresarán ese día ni el siguiente, declarándoseles por tanto desaparecidos. Desaparecido no es en las guerras formales sinónimo de fallecido como suele serlo en las “guerras sucias”. No obstante, cuando han transcurrido siete días y sea mínima la esperanza de volver a verlos, llega a la base la noticia sobre el rescate de García Ramos por pilotos estadunidenses. El capitán Pablo Rivas seguirá con el mismo estatus. El teniente Héctor Espinosa Galván sucumbirá más tarde a una feroz acometida de zeros japoneses, luego de arrojar un racimo de bombas sobre fortificaciones enemigas, y será la última baja del 201 en el Pacífico. Si bien las hostilidades de la Segunda Guerra Mundial terminan con la capitulación japonesa el 2 de septiembre de 1945 –el general Mac Arthur y el almirante Nimitz la reciben a bordo del acorazado Missouri– el escuadrón mexicano continuará combatiendo los focos isleños con insospechada capacidad de fuego. Invasores México, mientras tanto, recibe la visita del general Dwight Eisenhower, comandante en jefe de los ejércitos aliados; la hace en el marco de una gira continental de imagen personal. El presidente Ávila Camacho le tributa honores de héroe y lo condecora como artífice del triunfo de las democracias sobre las tiranías. El secretario de la Defensa Nacional, general Lázaro Cárdenas, renuncia antes de tal visita para no tener el desagrado de saludar de mano y rendir honores a quien él tenía como un invasor de México. Y Eisenhower lo había sido, en efecto, en la “expedición punitiva” de 1916, integrado en el estado mayor del general Persinhg. Los invasores buscaban a Pancho Villa para hacerle pagar los estropicios de Columbus y a lo mejor también los del Alamo.( A Villa, para quienes lo ignoren a estas alturas del gran desmadre nacional, los gringos le pelaron los dientes). También había formado parte muy joven de aquella “expedición” el célebre y cinematográfico general George Patton, muerto por los días finales de la guerra en un accidente automovilístico. (¿O era George C. Scott?). El retorno Fijado el 2 de noviembre de 1945 para el ansiado retorno a la patria lejana, los muchachos del 201 se dan tiempo para levantar con ayuda de los filipinos un monumento a la memoria de sus compañeros caídos. El maestro Tolentino, por ejemplo, famoso pintor y escultor malayo, confecciona el águila que lo remata y el gobierno de Manila bautiza con el nombre de México la plaza donde se levanta. La recepción La recepción para los jóvenes héroes mexicanos tendrá perfiles de apoteosis. Se da en el escenario majestuoso de la Plaza de la Constitución de la ciudad de México y la encabeza el presidente Manuel Avila Camacho. La muchedumbre transpira patriotismo y delira nacionalismo en una mezcla explosiva con estallidos de histeria incontrolable. La cresta de aquella ola exultante se eleva cuando el presidente de la República recibe la bandera que regresa inmaculada de la guerra del Pacífico, al tiempo que miles de voces y muchas bandas atruenan los aires con el “mexicanos al grito de guerra...”. Ávila Camacho empuña el lienzo con la mano en alto: “Regresa gloriosa y con la dignidad que supisteis conducirla y hoy mismo pasará a la galería de nuestra historia épica, para que sea testimonio guerrero de la generación actual. Testimonio de nuestro pueblo que, como todos, necesita hacer vivir sus valores morales simbolizados ya en sus héroes, ya en sus artistas o en sus sabios”. Aunque militar, el Presidente carece de fibra retórica. Rinde con su voz chiquita y plana homenaje a los caídos: “Fausto Vega Santander, José Espinosa Fuentes, Mario López Portillo, Pablo Rivas Martínez, Crisóforo Salido Grijalva, Javier Martínez Valle, Héctor Espinosa Galván, Hugo González y González y Roberto Gómez Moreno, están ausentes de vuestras filas por haber pasado a la veneración eterna y al recuerdo y honor de nuestro pueblo.¡Murieron por la patria!”. Alonso Sordo Noriega, el locutor hispano precursor de los controles remotos radiofónicos, trasmite la ceremonia desde el Zócalo. A través del éter y a partir de su propia emoción –voz agitada, entrecortada e incluso franco lagrimeo– logra crear en buena parte de la República una delirante atmósfera de orgulloso patriotismo y enardecido nacionalismo. Confirma, por si hubiera necesidad, una vieja certidumbre muy nuestra, aquella que reza: ¡“Como México no hay dos (hijos de la chingada!)”. Otros héroes Nuestro país había honrado anteriormente a otro héroe mexicano de la Segunda Guerra Mundial, el sargento José Mendoza López, al servicio del ejército estadunidense. Su hazaña había consistido en eliminar a ¡125! soldados alemanes en los bosques de Creenklo, Bélgica, en diciembre de 1944. El presidente Ávila Camacho le colgará al sargento todas las águilas mexicanas posibles, en julio de 1945, cuando venga a contarnos su aventura. Ruy Gavaldón será otra anticipación chicana de Rambo. Montado en su tanque, Ruy logrará hacer prisioneros a ¡dos mil! soldados japoneses en la guerra del Pacífico, obteniendo las medallas gringas Estrella de Plata, Cruz naval y Corazón púrpura. El cine épico estadunidense sabrá sacarles brillo antes de que Gavaldón las devuelva al presidente Nixon, encabronado por el trato injusto e inhumano de su gobierno para los paisas mojados. Mac Arthur El general Douglas Mac Arthur envía al presidente Ávila Camacho un mensaje exaltando el desempeño de los combatientes mexicanos bajo su mando. Le informa también que ha recomendando al coronel Antonio Cárdenas Rodríguez, jefe de la misión, y al capitán Radamés Gaxiola Andrade, jefe de los aguiluchos, para la medalla Legión del Mérito del Congreso de los Estados Unidos. Le faltan adjetivos al general de cinco estrellas para encomiar el desempeño guerrero del Escuadrón 201 y da fe del orgullo y admiración que en él despertó el conjunto. Agradece finalmente al mandatario mexicano “haber confiado a estos nobles jóvenes bajo mi mando”. López Ramos Praxedis López había llegado al puerto en 1947 para dedicarse a diversas actividades siempre relacionadas con la aviación. Atendió una concesión de combustibles aéreos; formó con compañeros pilotos una empresa de transportación; sirvió a la campaña nacional contra la fiebre aftosa y como piloto de la presidencia de la República. Durante los años sesenta encontrará en la Costa Chica un mejor campo de acción. Allá, en Pinotepa Nacional, Oaxaca, formará con Antonieta Rodríguez Baños el hogar que el destino se empeñó frustrarle en Acapulco. Había mal tiempo en la ciudad de México. El avión tripulado por Praxedis Ramos, un jet de la flota del banquero Calos Trouyet, despegado minutos antes de Acapulco, sobrevolaba el valle de México en espera de seguridad aeroportuaria para aterrizar. Un relámpago rasga de pronto el cielo atormentado y el cerro del Ajusco se interpone ante la nave despedazándola. Mueren el piloto y otras personas, entre ellas un hijo del propietario del hotel Las Brisas y de Sanborn’s. Ningún amigo de Prax aceptará que él haya llevado los controles en el momento del siniestro. Radamés Gaxiola, el jefe de los aguiluchos mexicanos en Filipinas, ascenderá a general y ocupará la jefatura de la Fuerza Aérea Mexicana (1958). Dedicado a la empresa privada en la ciudad de México, un día recibe la noticia acerca de la muerte de un amigo en Acapulco y de las dificultades de la familia para trasladar el cadáver a Mazatlán, Sinaloa, “Voy para allá, no se muevan”, ofrece el piloto sinaloense y poco tiempo después aterriza aquí en su propia nave. El general cubre todas las formalidades del caso y entonces ordena a su piloto, no obstante el mal tiempo, elevar la nave. Quien sabe qué pasó pero al tomar rumbo el aparato se precipitará sobre los manglares de Playa Encantada. Muere Gaxiola y los familiares del muerto. Los sobrevivientes El 2 de mayo de este 2004 se reunieron en el Monumento de la Independencia de la ciudad de México, media docena de sobrevivientes del Escuadrón 201 ( 82 años, el vocero) para recordar los sesenta años la hazaña única e irrepetible. Más que la rememoración de las batallas aéreas contra los zeros japoneses, emocionó a los héroes longevos haber logrado, luego de medio siglo de gestiones, una pensión de seis mil 950 pesos mensuales. El próximo 1 de junio, en Tuxpan, Veracruz, se recordará al subteniente Fausto Vega Santander (no Sarmiento como dijimos aquí), el primer piloto del 201 declarado desaparecido luego de que su avión no regresó de una misión en Formosa. Familiares y amigos, encabezados por su hermano don Alberto, se reunirán en torno al pequeño monumento del héroe tuxpeño para cantar sus hazañas y seguir llorando su ausencia. Una rosa roja para él. Simbólica –¡Simbólica, madres! –solía estallar López Ramos cuando escuchaba calificar de esa manera la participación de México en la Segunda Guerra Mundial. Recitaba luego de corrido las acciones del Escuadrón 201: Misiones: 96 Salidas ofensivas: 785 Horas voladas en misiones de combate: mil 966 Horas voladas en zonas de combate: 591 Total de horas voladas: 2 mil 557 Bombas de mil libras lanzadas: 957 Cartuchos calibre .50 consumidos: 166 mil 992. Tan simbólica, insistía Prax, que la expedición le costó al gobierno mexicano tres millones de dólares. |