Carnaval trágico

 Anituy Rebolledo Ayerdi  

Acapulco, un villorrio en 1915

El ingeniero Manuel Meza Andraca visita Acapulco en 1915 y lo describe como un villorrio de calles angostas, sinuosas, con casas de teja y de dos aguas. Todas con corredores adornados con macetas y botes de hojalata luciendo bellas plantas de sombra. Los crotos de colores encendidos, los helechos de largas y flexibles hojas, las grandes hojas acorazonadas de los ixpoxquelites.

Acapulco, relata el viajero, estaba entonces incomunicado por completo. No había servicio de correos ni de telégrafos, los barcos casi no tocaban el puerto pero la vida social y económica transcurría casi normal, dominado el comercio por las tres grandes casas españolas: B. Fernández y Cia., Alzuyeta Hnos. y Uruñuela Fernández y Cia.

Refiere Meza Andraca (Mi encuentro con la revolución, 1969), que aquí tenía varios amigos. los Batani, Enoc Tabares, Alfonso Sáyago, Julio Adams y otros más. Subraya que la ciudad era un villorrio de no más de 8 mil habitantes y las únicas autoridades eran las municipales que se mantenían casi por inercia, después de desaparecidos los poderes locales al triunfo de las fuerzas revolucionarias.

La entrada a Chilpancingo de las fuerzas zapatistas provoca un éxodo masivo de la capital hacia Acapulco. En nuestra casa, recuerda el joven Meza, se hospedaron los Calvo –Cornelio, uno de los varones, con sus hermanas y tres amigas más–; el licenciado Monteforte, también con su familia compuesta por su esposa y cuatro hijos chiquitos y, por otra parte, llegó de Tixtla Natalio Nava con su guapa hija Elena, amenazada con robársela por el revolucionario  Chon Díaz.

El desfile de chilpancingueños parecía interminable, dice Meza Andraca. “Los recuerdo como si los estuviera viendo vestidos de catrines. Don Bernardo Enríquez con sombrero de paja, Teófilo Castañón con bombín y Felipe Olivera con un morrongo”. Y como la situación de ellos era lastimosa, los paisanos radicados en Acapulco se organizaron para ofrecerles una estancia más o menos agradable.

Las puestas de sol

Mientras Manuel Meza se dedicaba a las actividades solidarias en favor de sus paisanos, las fuerzas revolucionarias de los generales Mariscal y Gómez entraban y salían del puerto, provocando temor y zozobra en la población.

No obstante, en el jardín central solía haber serenatas con orquesta para los catrines, sin conocerse para entonces los teatros y los cines. “Los paseos, como dije antes, eran de preferencia en el mar, aún durante las noches, para bogar en la bahía y deleitarse con la fosforescencia. La pequeña barca y los remos al mover el agua la hacían iridiscente, dejando una estela luminosa en la popa y salpicando los remos de gotas luminosas”.

Una noche, en un salón de billares localizados en Hidalgo y Madero (luego cervecería Bavaria y restaurantes El Tirol y 1 2 3), Manuel tomaba una cerveza con el Güero Batani, cuando entra de pronto un soldado mariscaleño completamente borracho. Pide frente al mostrador un mezcal para dirigirse luego hacia los jóvenes con la pistola desenfundada:

–¡Me dan ganas de echarme a este par de pinches catrines!

Salimos despavoridos –recuerda el narrador– y nunca más pisamos ese lugar. Nuestros paseos serán entonces diurnos y vespertinos a las diferentes playas. Nadie, por cierto, acostumbraba a usar traje de baño y las mujeres nos miraban con naturalidad en ese ambiente de feliz primitivismo.

Otro de nuestros paseos preferidos era subir el cerro de La Mira para extasiarnos con las puestas de sol. Mientras éste se ponía alguno de nosotros comentaba: “Está amaneciendo en China”.

Las puestas de sol en La Mira y en La Quebrada han sido siempre un espectáculo de maravilla, algo inenarrable, que cambian cada día, sin duda las más hermosas en octubre. El sol va bajando lentamente hasta tocar la nítida línea horizontal del inmenso océano, como globo de lava licuecente que al tocar las aguas como que se alarga y deforma. Es una explosión y eclosión de luces iridiscentes que ningún pintor ha podio imitar, incluso Rivera.

Diego Rivera en los últimos días de su vida estuvo en Acapulco y dejó como una docena de paisajes bellísimos de las puestas del sol, pero en ninguna logró dar la sensación de colores que deslumbran la vista e iluminan la atmósfera y las nubes con tonalidades radiantes.

Mientras llegaba un barco en el que Meza pudiera abandonar el puerto, el joven se dedica de lleno al mar.

“Un domingo fuimos con varios amigos a La Roqueta cada quien con su curricán. La pesca fue copiosa: curbinas, pargos y otras especies que fueron a dar a la sartén colmada con aceite de oliva cargado éste con ajos. Era un deleite comer así los pescados después de pasar al sol toda la mañana en la playa de Caleta, tan remota y solitaria que sólo se llegaba a ella por mar. Me contaban que una vez un extranjero se aventuró por la maleza para llegar allí a pie, que nunca regresó y después encontraron su cadáver devorado por las aves de rapiña”.

Domingo de carnaval

La noche del domingo de carnaval de 1915 –narra Manuel Meza– se celebraba una serenata en la plaza Álvarez donde la diversión de chicos y grandes consistía en tronarse cascarones llenos de agasajo (confeti menudito) y polvo de oro. Una diversión ingenua que permitía a los muchachos acercarse a las muchachas de su interés y viceversa.

Yo estaba con Domingo Guevara Alarcón, sentados en una banca frente a la Aduana (hoy edificio Nick), cuando de pronto escuchamos un grito de ¡Quién vive!, seguido de varias descargas de fusilería. Domingo y yo corrimos en medio de la balacera y el tropel de centenares de hombres mujeres y niños hasta ponernos a salvo en la parroquia de Nuestra Señora de la Soledad. La plaza Álvarez se despejó en un minuto quedando en ella únicamente los soldados beligerantes de los generales Mariscal y Gómez.

Hubo una tirotera grandísima, una confusión espantosa –abundan don Faustino Liquidano Doria y doña Eleuteria Liquidano Dimayuga (Memoria de Acapulco ). Murió una señorita y una niña de Chilpancingo; hubo multitud de heridos y entre ellos varias señoritas, a una de apellido Condés de la Torre le sacaron las tripas. En fin, fue una cosa horrible.

La niña de Chilpancingo era hija de don Alberto Catalán –retoma el ingeniero agrónomo–, cuyo sepelio la tarde del día siguiente concentró a una multitud compuesta por acapulqueños y chilpancingueños refugiados. El cortejo fue encabezado por el general Silvestre Mariscal quien en una breve alocución condenó los sucesos responsabilizando de ellos a los hombres del general Tomás Gómez. Esta desgracia llenó de consternación a la gente de Chilpancingo radicada en Acapulco, cuando apenas empezaban a olvidar los horrores del asalto zapatista a la capital del estado.

Primera alcaldesa

Manuel Meza Andraca podrá abandonar el puerto hasta marzo de 1915, acompañado por sus tías y sus hermanas. Una de ellas, por cierto, Aurorita, será la primera mujer en México y en América Latina en presidir un Consejo municipal, el de Chilpancingo, en enero de 1936.

El joven ingeniero agrónomo, hombre muy cercano más tarde al presidente Lázaro Cárdenas, no estará en Acapulco para conocer en ese mismo año la muerte del gobernador zapatista Julián Blanco y de su hijo Bonifacio. Morirán asesinados en una celda del fuerte de San Diego con tres balazos el primero, dos de ellos en la cabeza; y dos el segundo, uno en la cabeza y otro en la tetilla izquierda.

Las detonaciones fueron escuchadas por el agente del Ministerio Público, el alcalde Miguel Suástegui y otros funcionarios esperando en el exterior de la fortaleza. Acudían a tomar las declaraciones de Blanco en un juicio abierto en su contra por rebelión. El propio Mariscal ofrecerá las explicaciones del caso:

–Me informan, y no tengo por qué dudarlo, que el señor general Julián Blanco mató primero a su hijo y luego se suicidó.

Tampoco estará aquí Meza Andraca cuando el propio general Silvestre Mariscal designe gobernador provisional del estado al teniente coronel Simón Chon Díaz, el mismo del que huía Elenita Nava, de Tixtla.

No conocerá, tampoco, los fusilamientos ordenados por Mariscal en el Galerón del que habla Alejandro Gómez Maganda (Acapulco en mi vida y en mi tiempo, CEM, 1984), localizado en la propia fortaleza de San Diego. Ofrece el literato ex gobernador una relación para él muy dolorosa.

Tomás Gómez (su padre), Victorio Salinas, Miguel Serrano, Juan Organes, Perfecto Juárez, Leonel López, Canuto Neri, Margarito y Cecilio Gómez Cisneros, Francisco, Manuel y Julián Gómez Maganda, sus hermanos de 18, 17 y 15 años, respectivamente. Este último se habría lanzado al mar antes de recibir la descarga de fusilería.

Juárez

José Juárez Sánchez, autor de la ilustración de este trabajo, es un acapulqueño al que conocimos en un expendio familiar de aguas frescas en el mercado de El Parazal. El Gran Morelos, se llamaba el puesto donde coloridos vitroleros sudaban las clásicas de tamarindo, horchata, naranja y sandía. Meza Andraca le apoyará en sus estudios de pintura y escultura, incluso en el extranjero, y no lo decepcionará. José estuvo casado con la coleccionista Dolores Olmedo.