Los grandes discos de rock 1951-1975
José Agustín
A mediados del siglo pasado, nací cuando se incubaba lo que después sería el rock. En 1947 (yo tenía 3 años de edad) Muddy Waters empezó a grabar sus primeros y aguerridos blueses, tan ásperos, primordiales y desafiantes que se convirtieron en una de las matrices del gran ritmo y fenómeno cultural que vendría más tarde. Cuando yo andaba en los 5 años de edad, 1949, murió de un pasón de heroína Hank Williams, quien introdujo en el country gringo ritmos movidos y brillantes y sentó las bases de la otra gran fuente de rock, el llamado rockabilly, el rock montuno.
En 1951 (yo tenía 7 años) Alan Freed, el gran padre de los djs, acuñó el término "rock’n roll" porque sólo así podía difundir radiofónicamente las canciones de lo que ya se conocía como rhythm and blues, producidas por jóvenes negros de ciudades como Chicago, Detroit, New York y la Nouvelle Orleans. Freed tuvo que hacerlo porque, como se sabe, las racistas estaciones de radio de Estados Unidos en esa época prohibían la transmisión de música negra, así es que el afamado jinete de los discos les salió con una broma peor, porque "rock and roll" era un eufemismo que usaban los negros para referirse al siempre edificante acto de hacer el amor.
En 1954 (yo andaba entre los 9 y los 10 años) ya existían rolas ahora clásicas como Shake, rattle and roll, de Joe Turner, Good rockin’ tonight, de Mr. Blues Harris, o Hound dog, de Big Mama Thornton. Ya había surgido el divertidísimo y alegre doo-wop, y para acabar pronto, el rock se hallaba en plena efervescencia, aunque aún no se popularizaba masivamente. Esto un año después, en 1955 (yo tenía 11), cuando la película Semilla de maldad (The blackboard jungle) continuó el tema iniciado por El Salvaje, con Marlon Brando, y perfeccionado en Rebelde sin causa, con James Dean: los adolescentes que formaban pandillas en las secundarias. La selva de los pizarrones abría con Rock around the clock, de Bill Haley, que tuvo un éxito comercial tremendo y que marcó el nacimiento "oficial" del rocanrol. Desde entonces se relacionó al nuevo ritmo con la rebeldía de los jóvenes y se inauguró la famosa "brecha generacional".
Al exitazo de Rock around the clock siguió casi inmediatamente el de Elvis Presley, quien nos dio a conocer sus versiones de grandes piezas del rhythm and blues de los negros y del hillbilly rock, y después Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Little Richard y todos los demás grandes rockers de la primera época.
A todos ellos yo los oía a través de Radio Mil, la primera estación roquera en México (después vinieron Radio Exitos, 590 y Radio Capital, ya en los 60). El rocanrol me prendió durísimo y yo no me perdía por nada del mundo, cada sábado, el "hit parade". Anotaba rola por rola, los grupos, las marcas de los discos y todo tipo de trivia. Si había fiestas de sabaditoalegre, yo dejaba de bailar, me encerraba durante media hora, anotaba meticulosamente los éxitos y me emocionaba como loquito cuando Elvis ocupaba hasta 6 de los 10 lugares, empezando por el primero, y cuando la hacían Buddy Holly, Gene Vicent, Bo Diddley y demás banda antediluviana
Compraba Notitas Musicales, que sacaba las letras de las rolas, pero pronto me pasé al Hit Parader, que traía mucho más material e información abundante sobre los nuevos héroes. Compraba la disquiza (de 45 rpm y de riguroso hoyo grande) en El Gran Disco, pero tenía la gran suerte de que mi papá era aviador y volaba con gran frecuencia a Los Angeles, Chicago o San Antonio, así que pronto comencé a encargarle rolas (la primera fue Early in the morningde Buddy Holly). Mi jefatura era un alivianado de tiempo completo y una vez me dejó estupendejo cuando me trajo un ejemplar de The Billboard, la famosa revista semanal que informaba minuciosamente de todo lo que se grababa y que tenía un hit parade de no sólo 10 sino de ¡100! Era el afamado Top 100, al que seguía (Bubbling under the hot 100) una lista de las 50 canciones más populares.
A partir de entonces, además de discos, mi apá me traía el Billboard. Una vez que no encontró lo que le pedía (Come and go with me de los del Vikings) y en lugar me trajo una mamadota que se llamaba The little blue man. Me indigné, así es que desde entonces él, en vez de mandarme al demonio, como bien pudo hacer, se concretó a comprar específicamente lo que yo le pedía. Ya andábamos por 1957 (yo tenía 13 años) y el rocanrol se había robustecido a pesar de que "los grandes" decían que esa música era el demonio, comunista y pervertidora de las tiernas almas adolescentes.
El rocanrol era para chavitos como yo era entonces, porque los jóvenes mayores de 18 años decían que el nuevo ritmo era una estupidez. En México los chavos intelectuales oían música clásica (estaba de moda la barroca) y los desintelectualizados oían boleros (los Tres Caballeros o los Dandys), rumbas (Lobo y Melón), rancheras (José Alfredo y Pedro Infante) o el danzón-chachachá de Carlos Campos. Yo también, aunque claro, también me gustaba mucho la música clásica, boleros, rancheras, huapangos, sones y chilenas (como La sanmarqueña o Por los caminos del sur, que compuso mi tío José Agustín Ramírez, a quien debo mi nombre), los tangos y las nuevas canciones sudamericanas que nos daba a conocer Chavela Vargas. En realidad me gustaba cualquier música hecha con talento y sensibilidad y que expresara algo verdadero de los autores y los intérpretes, que no estuviese hecho con recetas y fórmulas mercadotécnicas.
Por esas fechas aparecieron los primeros rocanroleros mexicanos (Los Locos del Ritmo, Los Teen Tops, Los Rebeldes del Rock), pero a mi no me gustaban, porque, salvo los primeros, no componían su material sino que refriteaban el de Estamos Hundidos. Francamente yo preferiría oír las versiones originales de Elvis, Ricardito, los Everly Brothers, los Coasters, y no los covers de Los Locos, Teen Tops, Hermanos Carrión o Rebeldes del Rock. De hecho me indignaba que estos cuates no desarrollaran su creatividad y no pudieran componer en español.
Mi jefe me seguía trayendo discos y me veía anotar oír religiosamente el jit pareid. Un día me dijo: "¿Para qué pasas tanto tiempo con eso? No te van a servir de nada en la vida". "¿Cómo sabes?, a lo mejor sí", le contesté. El, sabio como era, me dejó en paz y siguió trayéndome lo que le pedía hasta que dejó de volar a fines de los sesenta porque le dio diabetes. Para entonces yo ya era El Escritor de Moda y con mi propia lana le encargaba ya no sencillos, sino lps. En cada viaje le daba mil pesos y él retachaba con veinte discos, pues entonces los álbumes costaban cuatro dolaruchos, es decir, cincuenta variloches.
Nunca dejé de oír el rock y con el tiempo me correspondió escribir las primeras críticas de rock que aparecieron en México. Claro que muchos escribían antes de rocanrol, pero lo hacían periódicamente, al estilo Notitas Musicales y demás revistas y cancioneros que siguieron. En 1965 (a los 21 años) me dieron trabajo en Claudia de México. Yo, además de informar y manifestar mis gustos, trataba de analizar la música, deducir sus implicaciones, rastrear sus orígenes y establecer la función que ejercía.
Todo empezó en Claudia de México (of all places!). Un día vi un anuncio en el que se pedían redactores para una nueva revista "femenina" importada de Buenos Aires. El director Jorge de Angeli me entrevistó y cuando le informe que había publicado una novela, me paró en seco. "Deme su libro y si me gusta le doy el trabajo", me dijo. Le entregué un ejemplar de La tumba, que un año antes me había editado mi maestro Juan José Arreola, y al día siguiente De Angeli me telefoneó: ya había leído el libro y la chamba era mía. Por cierto, en la revista trabajamos varios escritores: al principio Vicente Leñero, Gustavo Sainz y yo, pero después le entraron Federico Campbell, Ignacio Solares, Juan Tovar y hasta Parménides García Saldaña, por lo que la redacción en momentos era un auténtico taller literario. Como yo hablaba francés me pasaban los materiales de Marie Claire para que los refritiera. Así me llegó una nota sobre Bob Dylan, uno de mis grandes héroes. "Qué nota mas pinche", exclamé, "yo la puedo hacer mucho mejor". "Pues hazla y no estés chingando", me dijo Gabriel Parra, el jefe de redacción. Y la hice. A partir de entonces, además de refritos, horóscopos y reportajes, me dediqué a escribir de rock y con el tiempo tuve una columna, que se llamó El disco Turpin.
Cuando, en 1966, entre por la puerta grande a la literatura con La tumba y De perfil, Arturo Cantú me invitó a colaborar en la página cultural de El Día, que entonces era el periódico de moda. Ahí escribía tres artículos a la semana, uno sobre libros y dos sobre rock. Muchos lectores protestaron porque decían que el rock era Colonización Cultural e Infiltración Imperialista o Simple Frivolidad pero yo perseveré y se acostumbraron a la idea de que el buen rock también era cultura. Y contracultura, of cors.
Después, Juan Tovar y yo iniciamos las Antologías de rock, en el suplemento de espectáculos de El Heraldo, y tradujimos letras de los Stones, Beatles, Dylan, Leonard Cohen, los Doors, Janis, Zappa, Hendrix, Pink Floyd, los Who, Donovan y muchos más durante varios años. Pasé entonces a la sección de espectáculos y me concentre en reportear y criticar rock mexicano en mi columna Uuuuuy. Por esas fechas (1967, yo tenía 23 años) también hice letras de rock para Angélica María Dulce Compañía con música de Javier Bátiz y de los Dug Dugs. También tuve un programa en Radio Variedades que se llamaba José Agustín comenta el hit parade.
En 1968 escribí los libretos del programa roquero 1, 2, 3, 4, 5 a gogó, que conducían Alejandro Jodorowsky y Alfonso Arau en el canal 5. Y en pleno movimiento estudiantil escribí y dirigí el programa de rock Happenings, en el que lanzamos como animadora al cuerísimo que era y es Macaria. Por apoyar a los estudiantes (fuimos los únicos en la televisión mexicana), me corrieron a patadas de Telesistema Mexicano, del que estuve vetado durante muchos años.
En las décadas de los 70, 80 y 90 seguí escribiendo de rock en numerosas revistas literarias y culturales, pero más específicamente en Pop, Piedra Rodante, Sonido, Jeans, Jet Set. El Sol de México, Unomasuno, Excélsior, Melodía: diez años después, y La Jornada, y actualmente en El Universal, La Mosca y en Magazzine.
También me eché el primer libro sobre rock en México, La nueva música clásica, al que siguió Contra la corriente y El hotel de los corazones solitarios. Para entonces ya era un crítico de rock conocido, aunque nunca de tiempo completo, y por tanto desde los años setenta fui encuestado numerosas veces para que hiciera mis listas de los que, según yo, eran los mejores discos de rock. Es decir, había gente que validaba mi trabajo al considerar que mi punto de vista era atendible.
Como se ha podido ver, crecí con el rock y soy testigo de su evolución desde los inicios. Mi papá, por suerte, se equivocó cuando pensó que dedicar tanto tiempo a esta aguerrida música no me serviría de nada. Todo esto lo planteo para justificar que, a invitación de René Solís, director general de Planeta, he publicado mi mas reciente engendro titulado Los grandes discos de rock 1951-1975, en el que seleccioné los que para mí son Los Discos Absolutamente Imprescindibles Que se Deben Tener Para Circular Por la Vida Sin Sobresaltos. Primero me pregunté por qué yo debía de dar a conocer mis preferencias, pero pensé ¿y por qué no?, así que le entré con ganas y me divertí mucho haciendo la lista de lo que más me gustaba. En la madre, eran más de 700 discos, porque la idea inicial consistía en abarcar 50 años de rock, de 1951 al 2000. Pasé entonces a decantar la selección hasta que llegué a una lista de más de 150. De cualquier manera, el material era muy vasto (así es esto de la rigurosa manga ancha) y decidí dividirlo en dos partes, de 1951 a 1975 y de 1976 a 2000, para que fuera más manejable y no requiriera un atril para leerlo y ser millonario para adquirirlo. Me pareció grotesco proceder jerárquicamente, así que mejor me fui por el viaje de la semilla al árbol a través de la carretera cronológica; pero a fin de cuentas me salió un libro urobórico que se puede leer por cualquier parte.
De más está advertir que se trata de mi muy particular punto de vista, de mi manera de concebir el rock y de mis muy personales gustos. Supongo que muchos dirán que algunos discos que señalo no son tan buenos, o, más probable aún, que haya infinitas omisiones. ¡Falta Este, falta Esteotro! O que el grupo está bien, pero elegí mal los discos, o que ya están muy choteados y son lugares comunes. O que ya chole con el rock. Yo sabía que un libro como el mío podía generar criticas y objeciones, especialmente porque el rock es un fenómeno de fans, es decir, de gente que considera sagrados sus gustos y que venera a sus ídolos, de modo que se ofende si alguien los critica, los omite o simplemente no dice lo que ellos quieren Ante ellos sí se peca la palabra, obra y omisión. Por otra parte, no ignoro que hay conocedores que pueden objetar mi selección con juicios muy sólidos. Me encantaría discutir con ellos en esos casos. De cualquier manera, tranquilos, no digo que éstos sean los mejores sino que son grandes discos de rock. Y digo por qué.
Yo tampoco renuncio a mis gustos, pero nunca fui fan, así es que traté de moderar al máximo mis códigos personales y de apreciar la objetividad de la música; quise ver los discos en sí y la importancia que tuvieron. En otros momentos opté por una vía más cercana a la literatura. Pensé que cada disco narra una historia y traté de referirlas por medio de parábolas. Pero, más bien, este libro se mueve en diferentes géneros, además de que remite a otras obras por aquellos de los vasos comunicantes. Para los que quieran ampliar el panorama de los primeros cincuenta años de rock con gusto les recomiendo Banquete de pordioseros, de Roberto Castillo (ediciones Yoremito), que trae su propia selección y muchas listas de diversos cuates. Este libro, y Crines, de Carlos Chimal, son obvios antecedentes del mío.
Los grandes discos del rock finalmente resultó un libro muy locochón, a todo color, pasta dura, papel cuché, que tiene fotos, dibujos y un diseño sensacional que le debo a mi editor Andrés Ramírez y al talentoso diseñador Luis Betteo. Sinceramente Planeta hizo un gran trabajo de producción y si al texto le falta calidad, la factura del libro es excelente, lo cual agradezco mucho a mis editores y a Magazzine, El Universal, La Risa de la Hiena y La Mosca en la Pared que publicaron algunos de los textos.